50 KAMIKAZES

Buenos días, os paso un magistral relato nuclear de mi amigo Mellow Yellow:
Hoy llueve.
Quizá por ello escriba estas líneas.
              
Siempre me gustó la lluvia. De niño me acurrucaba en el sofá que estaba al lado de la ventana, y veía caer las gotas desde el cielo color plomo; oía el golpeteo de las gotas en el alféizar, un rumor que me llevaba al sueño, a la cómoda siesta del sábado, a soñar con más nubes y con gente corriendo por las calles…
Últimamente la lluvia es algo más lúdico. Cuando la gente no sale, cuando sé que voy a estar solo, me enfundo en ropa de correr y me largo con mi perro a chapotear entre el barro, en el monte. Volvemos a casa hechos una croqueta de barro, lo que hace unos meses, que ahora ya no, provocaba el espanto de mi exnovia…
La lluvia siempre trae algo. En primavera, cuando las gramíneas ahogan a los asmáticos, la lluvia hace que el polen en suspensión caiga sobre caminos y carreteras, convirtiéndolos en una pista de patinaje amarillenta. Ello provoca no pocos accidentes entre ciclistas, y más de un susto entre sus parientes de la moto. También hace caer la contaminación de la empresa A, empresa B, y otros infiernos parecidos, sobre nosotros, sobre mi cabeza húmeda de corredor montañero, sobre el pelaje que mi perro luego lame en la comodidad de su cama. A veces incluso trae infiernos peores.
¿Sabéis, realmente, cómo funciona el sistema atmosférico? Yo, como postulante de esa izquierdosa definición del planeta como “La aldea global”, tengo una leve idea. ¿Sabíais que las concentraciones más altas de DDT del planeta están en el círculo polar ártico? Los caprichosos vientos van arrastrando desde la India, único país del planeta que aún lo produce, partículas sólidas de polvo de la cancerígena sustancia en sucesivos ciclos de evaporación y depositación hasta que las deja allí, para siempre.
En el camino, peces y animales que luego comeremos, lo absorben y depositan en su sistema.
Me temo que empieza a notarse por dónde van los tiros de este post.
Pero realmente no, este post va sobre el honor del hombre.
¿Sabéis lo que es (en la mayoría de los casos era) un liquidador? Ése fue el nombre que recibía el contingente de voluntarios, obreros, soldados, bomberos, carniceros, zapateros, etc. que trabajaron expuestos a dosis mortales de radiación en la central de Chernobil. El plan era mandar a personas cubiertas con trajes de plomo de 30 kilos a recoger con las manos las barras de grafito del combustible de la central que, tras la explosión del núcleo del reactor, habían quedado esparcidas por todas partes. Lo hacían en turnos de dos minutos, cuando 45 segundos eran ya una radiación mortal. Este plan era evidentemente una mierda, pero todo plan lo es cuando es el único posible, ya que los robots teledirigidos con los que se intentaba hacerlo en un principio eran estropeados por la radiación y el calor en pocos minutos. Estos operarios fueron echando de nuevo al interior del reactor todo el material humanamente posible, y luego este fue cubierto por helicópteros (cuyos pilotos murieron a los pocos días) con una mezcla de grava, arena y plomo para evitar que el núcleo del reactor siguiera fundiéndose. Detener la fusión era vital porque, en teoría, el núcleo de un reactor en su fusión puede cavar un túnel hasta el centro del planeta, e incluso algunos afirman que puede llegar a aflorar por el otro lado; el conocido “síndrome de China”, dado que China es la antípoda de Estados Unidos, único país que hasta Chernobil tenía cierta experiencia en accidentes nucleares. Después de detener la fusión, se enterraron los vehículos, materiales, y personas que intervinieron en el hecho, y se construyó el famoso sarcófago, la construcción humana que más va a perdurar, dado que los efectos de la radiación tardarán cientos de miles de años en desaparecer.
De los 600.000 liquidadores que se cree que trabajaron en Chernobil, se estima que quedan vivos unos 250.000. Todos sufren secuelas, algunos terribles, la mayoría a cambio de una medalla de metal que no soluciona su desastre personal en lo más mínimo. Unos 25.000 murieron en cuestión de minutos. Se vivieron historias de heroísmo desmesurado, casi siempre pagado con la vida. Hubo incluso un pelotón de submarinistas del ejército al que, ante la necesidad de cerrar las válvulas de los depósitos de refrigeración para que el agua contaminada no acabara fugando y extendiéndose por los campos adyacentes, se le solicitó varios voluntarios para la tarea, advertidos previamente de que morirían si se sumergían en aquel lodo radiactivo. Como todo el pelotón se ofreció a morir, hubo que echarlo a suertes.
Gracias a personas como estas, nosotros, los bastardos primer mundistas, vivimos en vuestras casas, rodeados de lujos innecesarios; de guitarras, carísimas bicicletas, tecnología japonesa…
Lo cual me lleva a la segunda parte.
Si no vivís en una cueva, ya sabréis lo que ocurre en Japón. Imaginaos cómo transcurriría la misma situación aquí. Gente corriendo de un lado para otro, saqueando, y Rajoy echando la culpa a Zapatero desde un avión, maricón el último…
Pero el grueso de la sociedad japonesa es ejemplar. Ellos inventaron el honor. Ellos son los kamikazes que morían por voluntad propia en la gran guerra, pero sin la promesa del cielo lleno de vírgenes de los islámicos. Ellos inventaron el harakiri para restablecer la honra perdida en la batalla. Pero lo que llevo buscando desde el principio del post es concentrarme en un grupo en particular.
Imaginad, bastardos primer mundistas, cómo puede ser la vida de un ingeniero japonés de una central nuclear en el país del consumo. Hablo de un lugar donde una sandía cuesta 150 euracos, casi lo mismo que mi primera guitarra.
Supongo que será estupenda.
Pues resulta que 50 de esos hombres de vidas estupendas han decidido quedarse en el infierno de Fukushima, con la prácticamente absoluta seguridad de que van a morir, en un intento tal vez inútil y desesperado de que las vidas de sus hermanos, mujeres, amigos, y de millones de personas desconocidas sigan con toda la normalidad que les permitan las consecuencias de un seísmo de 9 grados y su subsecuente fuga nuclear.
Espero que vuestras vidas hayan sido maravillosas, muchachos.
Espero que hayan estado a la altura de vuestras muertes, que, al contrario que las de la mayoría de la gente, no serán en vano.
Os pido a todos que penséis unos momentos en la vida de estos 50 hombres buenos. Es lo menos que merecen. Ellos son la excepción; uno de los pocos ejemplos que me hacen pensar que el hombre, como especie, merece la pena.
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